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Yaiza Socorro - Fotógrafa

Blas Sanchez, una vida de ingenio y aventuras

Blas Sanchez Hernández, músico, escultor, dibujante, poeta. Entrevista realizada por @loretosocorro

Ingenio fue la tierra que vio nacer a este hombre inquieto y sensible. Tras años de ausencia decidió volver para quedarse y apoyar, a través de la fundación que lleva su nombre, a quienes se acercan hasta su casa que es, además, un museo lleno de historias.

Tocamos el timbre tirando de una fina soga y sale a recibirnos con una sonrisa generosa.

Me acuesto a la una o dos de la madrugada, duermo un poco y a trabajar de nuevo. No paro… Me levanto temprano, un café y a poner el horno.

Entramos en una habitación-taller repleta de bustos moldeados en barro, de personajes ilustres de Ingenio y del mundo. Blas nos muestra el último de los trabajos que ha hecho con su alumnado, para recaudar fondos contra el cáncer de mama y de próstata.

Hicimos estas imágenes de la cara del Cristo con estos moldes de silicona: lo llenamos de escayola y ya está, un poco de tela en el interior, un ganchito para colgar y lo firmo. Todo esto lo enseño a mis alumnos y lo hacemos para ayudar.

Blas ha editado sus dibujos en libros pero también ha pintado y experimentado de formas variadas. Le pregunto por unas pinturas que parecen sueños.

Use pintura de muro, un señor me dio cartones que iba a tirar y en una noche pinté todo esto.

Sí, son sueños que tengo. Todo esto -nos muestra más dibujos sobre la mesa- está hecho con tinta de pulpo.

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¿Recuerda su primera guitarra?

Aún la tengo. Fue un robo que hice de niño, con seis años. El maestro se enteró y vino a pedirme explicaciones y yo le dije: “Yo no he robado Don José; cuando un instrumento no tiene cuerdas, es como un camello sin patas” El hombre me llevo delante de toda la clase y dijo que el que roba una guitarra, con seis años, es porque será guitarrista: “Blasito,- dijo el maestro- la guitarra es tuya” Con esa guitarra recorrí el mundo entero. Ella vivió mis alegrías y penas: le cortaron las cuerdas, pero aquí sigue conmigo.

Blas agarra la guitarra arpa -de trece cuerdas- y llena la casa de música nunca antes oída.

Improviso. Este instrumento lo ideé cuando acompañaba a Neruda. Fue durante tres años acompañándolo, sin dejar de actuar con mi grupo de espectáculos.

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Aparte de inventar la guitarra arpa, también tiene método propio…

El método se llama Y+. Lo desarrollé en los 90 y es el resultado de años de enseñar y de investigar, para facilitar el aprendizaje de la música.

¿Como era Blas de niño?

Siempre me gustó la música, desde pequeño ya componía.

Tenía yo doce años y, como no decía palabrotas, el cura pensó que debía tener vocación y me llevó al seminario, en Tafira; al cabo de tres meses, el prior mandó que me hicieran una prueba de consciencia, claro que yo era un fiera -se ríe con picardía- y no la pasé…

¿Qué tipo de prueba era esa Blas?

Fue una pregunta. Me dicen: “Blasito, mira, hay una señora que esta abajo barriendo el patio, ¿qué prefieres las piernas o la escoba?” Como humano que era, yo no iba a decir la escoba… Pues después de la contesta telefonearon: raca ran raca ran -hace el gesto como usando un teléfono antiguo- y oigo decir: “Este niño no tiene vocación, le hemos hecho la prueba eclesiástica, no se que.. y Blasito es carnal”

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¿Y de vuelta a Ingenio?

No, no… escucha: viene el cura en un pirata y empieza a hablar conmigo. Que si le dijeron que no hago sino tocar la guitarra en el seminario… y me pregunta por la prueba y paaasss…; me dio un golpe que… Luego me llevó en el coche hasta el obispado, en la plaza de Santa Ana. Como yo iba llorando una monja -Sor Asunción-, me preguntó y le conté todo. Después me negué a volver a Ingenio y le decía: “No vuelvo a Ingenio a coger ortigas, quiero estudiar, quiero ser un personaje”.

¿Entonces fue fácil quedarse a estudiar?

Mis padres aceptaron que ingresara en el internado. Fue una aventura: como dijo el cura que yo sabia hacer de todo me preguntaron si también tocaba el órgano y dijimos que sí.

¿Y sabía tocarlo?

Mentira. Yo nunca había visto un órgano, ni sabia lo que era, pero yo me quería quedar y como el organista, Don Silvestre Cabrera, estaba enfermo les dije que sí.

¿Qué paso cuando tuvo que tocarlo?

Me iban a hacer una prueba a los quince días de llegar. Tuve tanto miedo que me corté con una hojilla de afeitar los dedos de una mano -aún tengo las cicatrices-. Si llega a ver esas monjas cosiendo con una aguja y todo el mundo diciendo “Blas, ahora ya no puedes tocar….” Pero cuando me llevan para ver el órgano: ¡una maravilla!. Lo investigué un poco y tocando con la mano buena, saqué los medio tonos, los tonos… Nadie me enseñó, pero como yo sabia tocar la guitarra pensé: esto se puede transportar aquí y allá, total, que por navidad toqué con el coro.

Al año siguiente, con trece años, había creado y dirigía ya mi primera rondalla de gente adulta.

Blas, ¿qué recuerda de Ingenio?

No tengo recuerdos sino del internado de San Antonio donde viví hasta los diecinueve años. Mi madre me llevaba la comida: gofio, y todo eso… y allí hacíamos el trueque, entre nosotros.

En mi casa éramos nueve hijos y el entrar en el internado fue, como le diría: el apoteosis más grande del mundo.

Siendo usted una persona con tanto talento, confianza en sí mismo y perseverancia ¿realmente fue tan importante el internado?

Cuando las monjas se dieron cuenta de quien era el niño Blas: pintor, dibujante… me dieron una habitación a la entrada donde me pusieron un piano para mi, me apuntaron a estudiar el violín en la Afilarmónica, y escultura en la escuela de Lujan Pérez.

¿Recibió entonces una formación personalizada?

Me decían: No tienes que perder el tiempo Blas, aquí has venido a formarte, pero me dieron una libertad total para profundizar en todas esas disciplinas donde yo sobresalía.

Y de ahí viajó a Madrid, a seguir estudiando, pero se vio obligado a refugiarse en París...

En Madrid estaba estudiando el violín y tocando en la Orquesta Nacional, durante tres años. Un día la dueña de la residencia, Antoñita, me dice: “Blas, esta noche se tiene que ir porque mire.. esto es peligroso Blas ”, abrió la ventana, “Aquellos dos le están esperando bajo la nieve, los de los fusiles…esta noche, se va a dormir al metro”. Me dio un sobre y dentro había un billete de tren Chamartin – París.

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¿Por qué le vigilaban?

Porque en plena dictadura repartí papelitos donde escribí a mano: “Derecho a la Palabra”. Me dijo Antoñita que le pidieron las llaves de mi habitación y no se pudo negar. Cuando entré me encontré las partituras destrozadas, las cuerdas del violín todas rotas y las del requinto, las de la guitarra. Todo por el suelo…

¿Tuvo más problemas durante el viaje desde Madrid hasta París?

No, al contrario. Fui a la estación -me acuerdo ahora de la campana y todo lleno de humo- y tomé el tren. Llegando a Hendaya dos policías -eran vascos y primos- revisan el equipaje y, al ver las cuerdas cortadas, me preguntaron si tenía problemas. Les conté y como ellos también estaban con problemas me ayudaron, dándome el teléfono de su familia en París. Pero al llegar estaba nevando y tuve que quedarme bajo el puente de Notre Dame tres semanas.

Vivir bajo un puente en plena nevada tuvo que ser duro

Había mucha gente viviendo en la calle, pasándolo mal. Aquello estaba lleno de artistas. La primera noche me presenté allí, sin saber nada de francés. Había uno que hablaba portugués, y un bretón grandísimo que hablaba español. El bretón me dice “aquí no cabe ni uno más, no tenemos comida ”

Me preguntaron de dónde era, qué sabía hacer y me obligaron a tocar el violín por la calle.

¿No se negaba usted a tocar en esas condiciones?

Claro, yo les decía “Esta nevando, yo no puedo tocar el violín, ni el arco ni nada…” Ellos insistían: “Esta noche tienes que tocar porque estamos muertos de hambre, tenemos una salchicha a repartir, entre 12 personas -yo los llamaba los 12 apóstoles-.

Entonces un mejicano me habló: “Compañero, esta noche vas a tocar. Nosotros no queremos robar. Toca y con el dinero que te den comemos todos”. Me trajo un sombrero de charro y problema resuelto: por la noche estaba yo tocando y la gente iba tirando el dinero al gorro: desde los pisos, que en París tienen hasta cinco plantas, escuchaba como aterrizaban las monedas de metal sobre mi sombrero. Hacían un ruido tremendo, paaan… y los del puente venían detrás mío, recogiendo el dinero.

¿Compraron más comida?

Por la noche fuimos todos a comer a un restaurante, a una pizzería. El dueño de la pizzería me pidió que tocara allí, pero al cabo de tres semanas me echó con lágrimas en los ojos: “Bambino te tienes que ir, cuando estas tocando la gente no come, te están oyendo y yo me arruino… te tienes que ir, pero guardo un recuerdo de una música extraordinaria”

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¿Cuándo se acabó la mala racha?

Enseguida. En la calle me encontré a un señor que hablaba español – era sefardí-, “Blas, venga para acá, todas las noches vengo a oírle…” Este señor tenía una empresa para vender casas y me dejó un apartamento suyo, a condición de que lo mantuviera limpio, en el barrio Saint Michael.

Al mismo tiempo, tuve la suerte de que me cogieron como profesor de música, en una escuelita que había debajo del piso. No me pagaban nada pero me daban una perola llena de comida y luego yo invitaba a todos los del puente.

¿Por qué sabemos tan poco en la isla de un hombre como usted, que tiene un saber hacer en la enseñanza de la música, durante casi cuatro décadas?

Nadie sabe nada de mi verdadera vida aquí, porque no interesa. Yo tengo una forma de ser, que no oculto lo que pienso.

No nos daría la vida para hablar de sus viajes, aventuras personales y de todas creaciones musicales que nos ha ido regalando. En cuanto a su vida familiar, ¿ha sido usted el gran maestro de sus hijos?

Viví 46 años en París, haciendo una familia extraordinaria, con cuatro hijos. Todos tienen mucho talento y estudiaron en conservatorios de gran altura porque creo que un padre no puede ser profesor.

¿Cómo está funcionando la fundación?

Llevo adelante mi labor, desde hace veintidós años que doy clases gratis, edito, organizo noches poéticas, conciertos…

Recientemente dimos un concierto para homenajear a Pepa Aurora, con mis alumnos. Están tocando desde el primer año: guitarra y violín. Asistieron también cantantes que trabajan conmigo y antiguos alumnos.

Alrededor de toda la habitación, que es el Museo de Instrumentos Musicales, y en las paredes viven instrumentos de todo el planeta.

Estos mangos en forma de caballo vienen de Yugoslavia. Allí, todos los instrumentos tienen las formas de las figuras del ajedrez y éste es el que corresponde al caballo. Mire que curioso: este otro instrumento lleva una gárgola y el arco tiene la forma de serpiente.

Blas aprovecha una pausa para contarnos un cuento, que dejaremos sin final, para que vayan ustedes a conocerlo de su voz.

Estaba yo, sobre las dos de de la mañana, tocando el piano cuando escuché que me llamaban: “Blasito, Blasito…”. Voy para el patio y… nadie, voy a la cueva de ali-blas-blas..y tampoco. Me pongo en el piano de nuevo y me vuelven a llamar: “¡Blasito!”, ¿quién es?, pregunté yo. “Yo soy la viola..”. Fíjese, la viola esa que está en la pared…

Pues, hasta aquí les podemos contar: lo que la viola le dijo a Blasito, es algo que tendrán que descubrir ustedes cuando visiten su museo, en la calle Cervantes de Ingenio.

Blas Sanchez, Hijo Predilecto en 2007, nos comenta al despedirnos que tuvo el sueño de ser fotógrafo. Se confiesa amante del queso del país vasco y de las anchoas de santoña. Todo alrededor suyo parece estar vivo, se mueven los artefectos y se estropean máquinas, como saludando.

Hemos viajado con él, imaginando su vida repleta de sonidos medievales y cantos en sinagogas o en templos ortodoxos. Es un hombre que ha vivido aventuras y que aún tiene mucho para dar a Ingenio, a Gran Canaria y toda la humanidad.

Un gato nos dice: ¡hasta la vista!, maullando au revoir, au revoir!

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