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Fotógrafa Yaiza Socorro

Finaos o Halloween, ¿hay que elegir?

Con la llegada del otoño algunas zonas de las islas se van tornando más frescas mientras los castañeros regalan erizos en lo alto y calas blancas a sus pies.

Desde muy pequeña el día de los difuntos era una ocasión especial para reunirnos en familia y poder preguntar por la gente que vivía en fotos de colores ocres y negros: señoras con pañuelos, hombres con cachorros y niños envueltos en trajes de bautismo y que nunca crecieron.

Junto a la casa de mis abuelos crecía, y crece aún, un árbol del que aprovechábamos las castañas caídas para asarlas en cuanto el sol se acostaba.

Durante las mañanas desde el 31 de octubre al 02 de noviembre el patio principal estaba repleto de baldes con flores frescas y vistosas. El olor a crisantemo me acompaña aún hoy en día como el perfume para los que ya se fueron.

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Escritora @loretosocorro

Después de que las mujeres volvían de limpiar y adornar las lápidas de tumbas y nichos la gente menuda nos dedicábamos a correr de casa en casa, por grupos, a «pedir los santos». La talega se iba llenando con almendras para majar, higos, pasas…y con los años, de vez en cuando, irrumpían nuevas y más modernas delicias: cubanitos, galletas María o caramelos de nata.

La obligada separación familiar, debido a la migración interna, se interrumpía con este reencuentro lleno de solemnidad y de alegría por igual.

Mi abuelo, hijo de arriero, presumía de criar con esmero los mejores cochinos del país. A media mañana a los niños nos llevaban a jugar bajo llave, para no ver nada, y al salir a la luz el alboroto en torno a la cocina era algo digno de recordar. Pies y manos al son de conversaciones rápidas, cortando carne para guisar por la noche, otra poca para salar y mantener durante más tiempo -costillas, chuletas, carne limpia…-, chicharrones, trozos de tocino metidos en botes de cristal… y, por supuesto, porciones envueltas en cartuchos para repartir a vecinos, que también eran familia o casi. A cambio el abuelo solía recibir alguna botella de vino o de licor casero, a veces ron miel y otras veces mejunje a base de hierbas.

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Mi abuela se alegraba de que el otoño llenara el aire de la cueva de palabras de otras abuelas, bisabuelas, tías y tíos que vivieron antes y que hacían cosas tan importantes como viajar hasta América o que salvaban vidas haciendo de curanderos, parteras… o escondiendo a alguien bueno que escapaba de un mal destino.

Pequeños baúles de secretos familiares. Cofres cuyas llaves eran y son las palabras desnudas.

Hoy en día existe una generación que ha crecido con Halloween para los que “Halloween es de toda la vida”. Y están en lo cierto porque para ellas y ellos es algo que han conocido desde la escuela infantil. A veces por moda y por acumular entre más fiestas mejor y otras veces para potenciar el aprendizaje del idioma inglés.

Cuando escucho o leo sobre la defensa incondicional de los Finaos frente a estas «invasiones» me da por pensar que amar las tradiciones puede coexistir con aceptar y disfrutar de muchas otras nuevas. Es más: ¿Y si la virulencia con la que se ha impuesto la celebración de Halloween fue el detonante para que en los últimos años se luche por mantener los Finaos, que estaban relegados a zonas rurales, ya mucho antes de que este semi carnaval americano llegara a las islas?

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Por otro lado, no está bien olvidar que la muerte nos une a todos los mortales. En todo el planeta, de una o de otra manera, se realizan cultos en torno a la muerte y, en otoño, debido a los cambios propios de la estación se realizan ritos variados con la muerte y el culto a nuestros seres desaparecidos como eje principal.

Se cuenta que el Samahín -la madre de Halloween- de los celtas es un momento en el que el mundo de los vivos y de los no vivos se entrecruza. Al igual que los Finaos canarios era importante reunirse en familia y rendir homenaje a los que se habían ido.

Honrar a los difuntos hablando de ellos, compartiendo comidas, encendiéndoles velas para alumbrarles el camino o cantar a las ánimas con un guineo lastimero forma parte de la cultura popular canaria. Si otras culturas usan máscaras es porque en su origen pensaban que de esta manera alejaban los espíritus malignos, tal cual lo hacen nuestros lacitos rojos contra el mal de ojo.

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Nuestros Finaos han ido evolucionando desde aquellas reuniones familiares e íntimas hasta las actuales celebraciones con parrandas y folcklore en plazas públicas, para degustar cientos de kilos de castañas. Mayoritariamente, no se recuerda a los finados de la familia aunque se construye algo nuevo en torno a la tradición.

¿Qué hay de malo en aceptar que aquellas máscaras del primitivo Halloween son ahora disfraces, fiestas y desfiles? ¿Acaso no hacemos nosotros algo parecido, una pequeña variante con esa tradición para mantenerla viva?

Es posible hacer una fiesta con cuentos de miedo, disfraces, un brasero lleno de castañas y hablar de las personas que fueron parte de nuestra vida. En Canarias tenemos la habilidad de acoger y adaptar las más variadas de las costumbres y fiestas sin perder las nuestras.

Si podemos elegir por qué renunciar a una de ellas. Entre Halloween y Finaos me quedo con «FinaWeen»… ¡Dame de las dos!.

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