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Yaiza Socorro - Fotógrafa

Clara González González, caladora por pasión

Redactado por @loretosocorro

Clara González González, una caladora de Gran Canaria, nacida en Gáldar y que vive en Telde, nos abre su armario lleno de telas con hermosos calados y también nos desvela algunos secretos de su corazón, amante de estos bordados isleños. 

¿Cómo aprendió a calar? 

Empecé en la sección femenina, con quince años. Antes de eso no había cogido una aguja…  Bueno, -Clara se sonríe porque está viajando a su infancia-  cosía a escondidas, con siete años o así, en la máquina de mi madre.

¿Era bordadora su madre?

No.  La maquina estaba para el servicio. Antes no había ropa hecha, como hoy en día. En las casas se tenía que coser si uno quería una pieza de ropa y, nada, yo me ponía cuando nadie me veía, con un trapito de tela. Pero como no estaba práctica en usar la máquina, ni en apretar los botones, ni en nada… empezaba a darle a los pedales y se me enredaba la máquina; y claro mi madre no llamaba a otra sino a mi. «Ya estuvo Clara manejando la máquina…»- decía ella.

¿Quería hacerse alguna ropita usted misma?

Me llamaba la atención las telas y aprender… una de las veces quise coser un vestido para una muñeca y le fui a hacer unos dobladitos, así que empujé la tela para meterla debajo, y en esto que caminó la máquina y me cogió el dedo. Y yo… callada, ni un suspiro, ¿quién le decía a mi madre que me cogí el dedo con la máquina, si no tenía permiso para usarla?

Entonces, si no fue en casa, ¿quién la enseñó a hacer calado canario?

Resulta que llegó un párroco nuevo a mi pueblo (Los  Caideros de San Jose, Gáldar) y era un párroco innovador: todo el mundo estaba asombrado porque iba por las casas hablando con la gente y era muy cercano. Pues se dio cuenta de que allí había mucha juventud, pero sin oficio.

¿Sin oficio?

Nos dedicábamos solo a la labranza, en las fincas: con las cabras, ovejas, plantar , hacer queso… Y en verano, cuando ya se acababa el trabajo, porque se recogía la era y los animales ya no daban leche, pues había una etapa de mes y pico sin nada que hacer, hasta que se volvía a sembrar. Entonces él llevó a unas señoras de Gáldar al salón escolar y ellas nos iban enseñando un poco de todo: a hacer de comer, a bordar, a coser, a calar y a mi -a Clara se le ilumina la mirada, con la mano puesta sobre su corazón- el calado me enganchó de tal manera…

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¿Cómo recuerda esa etapa de niña caladora?

Cuando lo vi hacer por primera vez, no tenía ojos para otra cosa: esa maestra con los telares, con las telas grandes y pasando hebras y es que me enamoré de ese trabajo.

¿Conserva los primeros calados que hizo, Clara?

Pues sí,.. -Clara se levanta a buscar algo y regresa con una tela rosada, finamente calada, bien dobladita y mejor conservada- mira: mi primer juego de sábanas. Este calado era el único que yo me sabía de soltera y, después también, hasta que retomé el calar pasaron veinticinco años…

¿Cómo se llama este calado?

Se llama la judía. Normalmente se hacía en un telar pero éste lo hice en un tambor redondo. Antes teníamos que hacernos nosotras el ajuar.

¿Todas las chicas del barrio hicieron igual que usted?

Ellas se engancharon a otras cosas y como yo era la única que hacía calados, cuando se iban casando yo tenía que hacerles el ajuar: sábanas, toallas… Todo con el mismo calado porque no sabía hacer otro dibujo.

¿Era caladora por encargo?

Éramos cinco o seis amigas , la verdad, yo se los regalaba porque me encantaba calar.  Ellas me traían las telas y me decían: ¡Ya que sabes calar, cálame las sabanas, ellas me las traían y yo privada

¿Cuántas noches de bodas con sus sábanas?

Unas cuantas, sí, sí…

Clara, nos dijo que tras un parón de muchos años volvió a calar….

Paré al casarme, casi veinticinco años. Cuando pude lo retomé y empecé a aprender con una monitora, porque yo tenía una espinita clavada, por no saber más. Aunque años después tuve que parar de nuevo por una enfermedad.

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¿Cómo fue esa primera vuelta para aprender de nuevo a calar?

Pues, por un lado fue retomar lo que sabía y aprender más. Cuando yo vi que el calado era un mundo, me lancé a aprenderlo todo. En las clases, la monitora me motivó para que me sacara el carnet de artesana y me decía que tenía cualidades para hacer y enseñar.

¿Quería compensar todo el tiempo del parón?

Pues sí: la primera profesora que tuve me dijo que me hiciera un pañito de cada cosa para ir aprendiendo y yo lo que hacía es que cogía un pañito y le hacía,  en cada esquina, un dibujo diferente, para aprender más y más rápido.

¿Practicaba muchas horas?

Todas las que podía y también iba preguntando dudas todo el rato, para ver si habían más enhebrados y siempre preguntando… me entró el gusanillo de nuevo.

¿Sigue calando ropa de casa: sábanas, toallas?

Sigo calando de todo. Desde entonces he probado más cosas, por ejemplo en la ropa, no solamente la ropa tradicional, yo le pongo calados también a la ropa de vestir, hago pendientes, cosas modernas. El calado embellece todo.

Entonces, ¿cuándo mejor iba tuvo que parar de nuevo?

Me saqué el carnet de artesana, hacía cositas para vender en las ferias de artesanía, pero luego tuve  cáncer de mama, pero aún así, el parón no fue tan largo:  me pidieron que diera clases en la asociación de vecinos del barrio y aquí estoy. Eso me gusta.

¿Le ha afectado la enfermedad a la hora de trabajar?

Trabajar me ayuda. Si me estoy quieta,  es cuando me noto mal y se me duermen los dedos. Yo muevo mucho las manos… Es verdad que no tengo la fuerza que tenía antes, pero esto a mi me da vida. Deseando que lleguen los viernes para dar las clases.

¿Le gusta enseñar tanto como le gustó aprender?

Enseño todo lo que yo se, porque cuando yo no esté esto se pierde. Me gustaría encontrar una persona que quiera aprender, a alguien que tenga interés en mantener este oficio. Mucha gente se ha jubilado y no hay juventud que mantenga esto, que es tan bonito y tan nuestro.

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¿Por qué cree que no se motiva la juventud?

Se entretienen más con las tecnologías. Si el calado tuviera venta, aunque sea sacrificado, resultaría satisfactorio. Tiene que gustar y, además, ponerle vista, cabeza y  tiempo.

Antiguamente se hacía para ayudar a la casa, si los sueldos eran pequeños y las familias grandes, pues se dedicaban las mujeres a bordar y calar, como complemento, como un extra.

¿Qué haría falta para darle vida a este oficio?

Lo que hace falta es abrir un mercado permanente para esto, así tendríamos posibilidades. En las ferias de  Maspalomas sí que se vende, eso me han dicho. Que los turistas lo valoran, los extranjeros, sí que se los llevan porque esto es un trabajo que no está visto. Mucha gente de la isla lo encuentra caro porque no se ponen a pensar en las horas que una le echa para elaborar. Lo más económico que vendo son los pendientes.

¿Cuánto tiempo le puede llevar calar una sabana?

Por encima, calculo que dos meses. Mira, mi falda, que la hice bien elaborada, tarde año y medio en calarla y las mangas me llevó tres meses para acabarlas, en el telar.

¿Entre sus alumnas no hay relevo?

Hay una niña que es inteligente y le gusta desde chica, quien sabe si un día lo retoma, ahora tiene su trabajo, pero no lo ha dejado del todo; de vez en cuando hace sus pinitos y yo estoy aquí si quiere preguntarme, como una vez que hizo un bolsito y vino a consultarme sobre la tela. Yo le dije, se lo marqué con una vitola…

¿Qué es una vitola?

Es una medida, que usan los carpinteros mucho, para cortar, si no ves bien para contar las hebras; hay que andar con cuidado para marcar bien, sin prisas, agujero y  tachón- el tachón es el trozo de tela-, porque el calado lleva mucha matemática.

¿Pero se puede hacer trampa si algo sale mal?

Los calados son matemáticos y si se equivoca a veces no se puede empezar de nuevo. A mi no me gusta hacer trampa pero para poderlo encajar, algo se puede hacer. Lo mejor es marcar bien porque si no te vuelves loca de la cabeza. La base debe estar bien hecha, como en el cuatro por cuatro, que es las hebras que se dejan y las que no. Hay gente que está empezando o lo hace al tun tun, sin contar, y luego vienen los disgustos pero nunca se tira a la basura.

¿Cómo se puede arreglar?

Con la experiencia se mira y se ve si en vez de cuatro por cuatro, pues dejar dos hebras y contar; hacer algún agujero de más, o coger ocho hebras…

¿Se ha equivocado muchas veces?

A día de hoy no he echado nada a perder, aunque una vez corté un trozo de tela, porque también coso, para hacer una blusa, y me equivoqué. Pero la modifiqué y le hice el calado por otro lado, para poderla aprovechar.

Hábleme de los dibujos que más hace en sus calados. Clara vuelve a mostrarnos, tomando con delicadeza y analizando cada pieza:

Estos  son «rehilo y flor», que es la flor del almendro, es el más rápido y fácil de aprender. Luego está «coser y cantar»,  que lo hay de cuatro nudos y de un nudo solo. También «la flor de marañón, la roseta, la luna…»

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¿Ha inventado usted algún calado?

El «flor Clara». Es un medallón que se hace con el punto espíritu y después se hace un combinado con flor clara y medallones. Lo he enseñado a muchas alumnas y ya lo he visto en blusas, faldas, vestidos de comunión.

¿Cuándo lo inventó?

Hace ya 18 años. Lo llevé en una bandejita, a una exposición en un centro comercial y cuando una monitora pasó por allí y lo vio dice: » ¿dónde cogiste este dibujo?» ;»de mi cabeza»- «pues sí, este dibujo no le he visto antes, en ningún libro, mira ella…» Así que le puse: flor, porque es una flor y Clara, porque es mi nombre.

¿Qué queda de esa niña Clara que cosía a escondidas?

Todo. Yo veo una maquina, veo hilos… y ya me voy recta para allá. Mi marido siempre me dice: «tu no puedes ver tela».

¿Cuál es su tela favorita?

Aquella que sirve para calar. La batista me rechina un poco porque es difícil para sacar hebras pero también la he trabajado.

¿Con qué tipo de hilo trabaja más a gusto?

Solía usar la madeja de «perlé» porque se hacía con ella las flores, que resaltaban.  Solía ser un hilo más grueso y brillante pero empezó a venir malo; luego el «tridalia», que no se deshilachaba. Después de que se fusionara con «el presencia» empecé a usar el «crochet 20» y el «perlé 8». Las madejas,  ya no se si existen porque yo me puse con el «tridalia del 8»  para las flores, para que resalten, y el enhebrado con el 12.  Los números son los grosores.

La niña Clara que cosía a escondidas ahora es Clara González González, artesana, inventora del punto Flor Clara y persona generosa. Gracias por hacernos viajar hasta ese pasado donde aprendió éste oficio canario que quiere enseñar. Esperamos que entre sus alumnas y alumnos, hayan manos tan apasionadas como las suyas, para que sigan adelante y, como Clara dulcemente dice: «Que esto no se pierda». 

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